Susana

Para Alicia de los Ríos Merino. ¡Viva se la llevaron, viva la queremos!


Desde aquella mañana que vio la foto de Susana en el periódico pudo confirmar por fin todas sus sospechas. No se había ido a estudiar a la ciudad de México, como había dicho; ahora era buscada por la policía. Una vez identificada vinieron los cateos a su casa y la detención de su padre, siendo víctima de crueles interrogatorios, al que soltaron después de una semana luego de comprobar que nada sabía.
    Desde entonces la zozobra se apoderó de ella y no había un solo día que no rezara por Susana. Por más de un largo año no supo nada de su hija, hasta aquella mañana que sonó el teléfono: Era Susana y le rogaba que en ese momento fuera a una dirección para ella desconocida. De ahí una compañera la trasladó en un auto destartalado, y con un suéter cubriéndole el rostro, a otro domicilio en donde se encontró con una muchacha delgada y demacrada, en cuyos brazos sostenía una criatura casi recién nacida:
    —Mire mamá, es mi hija— Le dijo con la voz quebrándosele en la garganta.
    Abrazó a Susana con fuerza y luego con ternura le acarició el cabello. Llorando trató de arreglárselo y le dijo:
    —Mira, hija, como lo tienes de maltratado.
    —Mamá, es mi hija— Insistió Susana entregándosela en sus brazos, y al recibirla sintió un enorme gozo en el corazón.
    —¿Y cómo se llama esta linda criaturita?
    —Aún no lo sé— Dijo Susana.
    —Te llamarás Susana, como tu mamá— Susurró la nueva abuela.
    Esa fue la última vez que vio a su hija y desde entonces ella se hizo cargo de la niña. Su único consuelo eran las esporádicas llamadas que le hacía para preguntarle por Susanita. Era la única forma de saber que estaba bien, que estaba viva; sobre todo después de la angustia que pasaba al enterase por las noticias de alguna acción guerrillera.
    Hasta aquella noche, más de un año después, que sonó el teléfono y ella intuyó de inmediato que era Susana.
    —Mamá, ¿cómo está mi hija? —Su voz sonaba distante, sombría y cansada, pero aun así estaba segura de que era su hija.
    —Bien, ¿y tú? —Contestó casi por instinto.
    —Mamá, le he llamado para pedirle que me perdone, y que le diga a mi hija que también me perdone. Voy a tener que irme y no volverán a verme, pero no quise irme sin pedirle que me perdone y decirle que la quiero mucho.
    Su voz se escuchaba lúgubre y más bien triste, pero no lloraba:
    —Dígale por favor a mi hija que nunca la abandoné, que la dejé para irme a luchar por un mundo en el que ella pueda vivir mejor. Dígale además que la amo con todo mi corazón.
    La daga de esa voz le penetró en el pecho y no supo qué decirle. Por unos segundos todo quedó en silencio, ausente, como en el vacío.
    —Yo también te quiero hija, con toda mi alma— Por fin atinó a decirle, al mismo tiempo que volteó a ver a la niña que jugaba en el corralito.
    —Mamá, ya tengo que irme. Por favor perdóneme— Dijo Susana y luego colgó.
   Al día siguiente se levantó más temprano que de costumbre tras pasar casi toda la noche en vela, extrañándose que a esa hora sonara el teléfono:
    —Mamá, soy Ernesto, tengo algo muy grave que decirle, pero tiene que ser muy fuerte…— Antes que terminara su frase ella lo interrumpió:
    —Hijo, ¿qué crees?, anoche me llamó Susana.
    Del otro lado de la línea se hizo un silencio y luego Ernesto extrañado cuestionó:
    —¿Anoche le llamó Susana, mamá? ¿Está segura?... ¡No puede ser!
    No tenía la menor duda de ello y con absoluta seguridad se lo confirmó:
    —Llamó un poco antes de las ocho de la noche porque tu papá todavía no había llegado del trabajo.
    Nuevamente hubo silencio del otro lado de línea, hasta que confundido Ernesto se atrevió:
    —Mamá, ayer al medio día tuve que ir a reconocer el cuerpo de Susana. Murió en un enfrentamiento hace dos días.
    Entonces de ambos lados de la línea hubo silencio.

Margarito Cuéllar

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