Fotos: Everardo González Cantú

 MORIR CON LA CARA EN BLANCO  
Entrevista con Sergio García Pérez, mimo Tu Otro Yo
Myriam Muñoz Maldonado*


Sin saberlo hacía pantomima

“Crecí viendo a El Gordo y el Flaco e imitando a la gente, a mis compañeros de clase y a los profesores”, dice mientras hace un ademán que asemeja a un maestro escribiendo en un pizarrón. Sus dedos delgados sostienen un gis imaginario y entonces uno ya no ve a Sergio García, ve al mimo, aunque no esté maquillado.
   Llega corriendo a la cita. De aspecto sencillo, pantalón holgado de mezclilla, playera blanca, el cabello recogido y una mochila de tela en la espalda. “Perdón por la tardanza, estaba hablando con mi jefe, me voy a Miami”, dice con voz baja y cierto entusiasmo, como si fuera un secreto.
   ¿No es la primera vez que vas cierto?, le pregunto. “Ya he estado antes en el programa de don Francisco y en Las Vegas”, dice con un aire de satisfacción, “pero los aplausos son los mismos allá, que aquí en la Macroplaza.”

En mí, te reflejas tú
Los aplausos y nervios de la Macroplaza dice recordarlos bien; eran los años ochenta y Sergio García tenía 18 años; ya había pasado dos estudiando teatro y tomado cursos, uo de ellos el de manejo de voz, que irónicamente, nunca lo usa. “La comunicación sin habla se me hizo más atractiva”, confiesa.
   Sergio está seguro de que las calles son la mejor escuela para controlar el pánico escénico y dominar la improvisación, aunque dice, no todos se atreven a hacerlo. “La calle es difícil, mientras que en el día, mi público eran familias, parejas de novios, licenciados y turistas, por la noche eran prostitutas, policías, indigentes y niños de la calle, incluso tres veces me detuvieron.”
   Fue en aquel tiempo que adoptó el nombre de Tu Otro Yo, porque asegura que en el mimo se ve reflejada cada persona. Llegaba a las calles con solo una grabadora, un pantalón negro holgado, una playera a rayas, tirantes, sombrero negro y su maleta de maquillaje. Así lo hizo durante 18 años.

Un programa por accidente y un escenario que impone
Su imagen, cada vez más reconocida, lo llevó a festivales en Guanajuato, San Miguel de Allende y otras ciudades, mientras en Monterrey participaba en eventos, videos musicales, anuncios y programas de televisión.
   “En el 2000, el director de TV Nuevo León me contactó para que hiciera una representación del personaje universal que ilustrara todas las artes para los spots; me grabaron, les gustó y luego me dejaron como imagen del canal.”
   Derivado de esto, surge el programa Tu Otro Yo, que dice nació de un accidente, mientras jugaban con las tomas; no tenían guion y él se consideraba muy tímido ante la cámara que le seguía, problema que resolvió pidiendo que simplemente le dejaran hacer lo suyo sin tener que estar pendiente de las tomas.
   Luego vinieron los trabajos de Las Vegas y sus participaciones en Estrella TV y el programa Sábado Gigante, en los que hacía parodias junto con el elenco base, convirtiéndose en un personaje recurrente. “Sábado Gigante fue una experiencia que de inicio me asustó mucho, es un escenario que te compromete bastante, pero cuando tocó mi turno, todo salió bien.”

“No he dejado las calles del todo”
Pese a tener un programa de televisión permanente y proyectos en Miami, Sergio admite que ama las calles y que no las ha dejado del todo; cada vez que puede acude al corredor del Arte en el Barrio Antiguo con su otro personaje, La Estatua Viviente, idea que trajo de un viaje a Las Vegas. Al mimo Tu Otro Yo ya no lo presenta en la calle, aunque no niega que extraña aquellos días.
   “Extraño las calles, los atardeceres, y como fondo el sonido de las risas y el público aplaudiendo; al globero y al elotero que se metían a mi círculo para hacer sus ventas entre la gente y ¿por qué no?, al policía que me llevaba detenido. Lo común es lo que me gusta.”

“Hacia donde los aplausos me lleven”
El teléfono interrumpe nuestra charla, Sergio se disculpa antes de atenderlo; lo escucho, más bien lo observo mientras lo hace. Pongo poca atención a sus palabras, frases como: “¿Es una entrega de anillo, verdad?” y “yo llegaría con un globo rojo”, etc . Lo que en verdad hablaba no eran sus palabras, sino sus manos, con una sostenía el celular, pero la otra bastaba para hacer una representación visual del globo, del anillo, del secreto, mientras se ponía el dedo índice cerca de los labios y decía: “Ella no debe saber nada.”
   Entiendo que ya tiene que irse y hago mi última pregunta: con más de 30 años de haber iniciado en las calles ¿cambiarías entregar anillos y un programa en la televisión local, por una carrera estable en Miami?
   Junta sus manos frente a su rostro y dice: “Yo no busco el éxito, simplemente dejo que la vida me sorprenda, voy a donde los aplausos me lleven. No sé si en 20 años voy a estar en Miami, en la Macroplaza o en otro lugar, de lo que sí tengo certeza es que estaré haciendo lo que me gusta.”
   Recarga su rostro en una de sus manos, mira al horizonte y agrega sonriente: “Seré un anciano con la cara pintada de blanco.”

*Nació en Monterrey. Estudió periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha trabajado para TV Azteca y televisa y para publicaciones electrónicas.



Margarito Cuéllar

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