GUILLERMO DEL TORO Y SU FORMA DEL AGUA

Eloy Garza González 


Bailar es como bucear. El aire que se agita en círculos concéntricos alrededor de las piernas, es como el agua que en ondulaciones suaves expelen las branquias. Es posible bailar solo, pero el bailarín sin pareja inspira una sensación de tristeza y soledad. Es posible bucear solo, pero el buzo solitario es un ser que patalea en busca de su contraparte acuática. El mundo griego, poblado de dioses solitarios, busca seres que se complementen, para dialogar o morir cada noche a falta de abrazos fraternos entre escamas y piel erizada de erotismo. Hollywood y sus musicales en technicolor, busca dos pares de pies que sincopasen sus pasos, aunque uno tenga aletas, para no extinguirse como aisladas estrellas de mar que no conocieron el fervor de un beso. Guillermo del Toro, ese poeta gordo de los monstruos sensuales, cobró el prodigio de reinventar a un dúo de dioses sempiternos. Juntó dos seres lisiados que se no hablan más que con el alma, que no se expresan más que con los ojos, que no se salvan más que enlazándose uno con el otro. La mano podrida del poder, carente de suficientes dedos para acariciar, que se alimenta de pastillas verdes como pantanos, que conduce coches del color de la lama verde, quiere matar la leyenda de las parejas imposibles. Pero el burócrata maligno no deja de reconocer, en una escena inolvidable, mientras encara al monstruo acuoso de sus sueños: “sí, eres un dios” y el mundo se anega del agua salada de los amores eternos.
   Habrá que ver esta obra alucinante y perfecta de Guillermo del Toro para empaparnos de la mitología más poderosa, que no es la griega, ni la celta, ni la de Hollywood; es la mitología del corazón. Dos seres se abrazan para crear una vez más al universo.

Margarito Cuéllar

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