EL MUERTO
Myriam Muñoz Maldonado


-¿Y el muerto? -preguntaron indignados sus amigos.
   -El muerto ya se murió, eso quedó atrás -contestó la alcaldesa- y las pandillas se reconciliaron.
   Ni siquiera se acordó de su nombre.
   Se llamaba Javier, pero todos le decíamos El Botas, porque siempre le gustaba traerlas; apenas tenía ocho años y ya andaba con los pies bien picudos; a sus quince ya no las usaba, pero el apodo se le quedó.
   Aquella tarde de diciembre regresaba de la prepa 23, en Santa Catarina. Le gustaba caminar por El Lechugal y escuchar el sonido de las fábricas, por eso siempre volvía a pie a su casa. Su mamá le advertía que el camino, a esa hora estaba muy solo; únicamente con bodegas y fábricas viejas, que tuviera cuidado.
   Quien sabe qué iría pensando en ese trayecto; la novia, los estudios, la navidad que ya se acercaba, el frío de la temporada, cosas de chamacos; imagino que no le preocupó cuando se acercó la camioneta, porque siendo zona de fábricas, era lo que transitaba por ahí. Qué sorpresa se ha de haber llevado cuando vio que eran Los Warriors.
   Porque Los Warriors traían pleito casado con Los Vagos y aunque El Botas no tomaba partido, sí estaba identificado con los rivales, trataba de mantener distancia en aquello de las luchas territoriales, que en 1988 estaban en su apogeo.
   Se bajaron El Chino, El Flako, El apagón y El Quique; todos rayando los veinte años; El Botas corrió con todas sus fuerzas, pero qué era un joven enclenque de 15 contra cuatro adultos. Luego luego le dieron alcance y en segundos ya lo tenían en el suelo.
   Patadas, puñetazos, piedras en cabeza y abdomen lo dejaron sin aire. Cínicamente confesarían después que El Botas nunca dijo nada. Sólo se escuchaban sus quejidos, mientras se hacía bolita en un intento por amortiguar los golpes.
Siguieron. Nadie supo hasta cuándo, tal vez hasta que algún auto pasó por ahí.
   Y ahí quedó, agonizante, abandonado en una esquina. ¿En qué habría pensado mi amigo? Debió haber probado el sabor de la sangre revuelta con tierra. No sé si en algún momento le cayó el veinte de que se estaba muriendo o si solo pensó que le dolía mucho, pero que era una golpiza de la que se iba a recuperar. Posiblemente escucharían sus quejidos, lo llevarían a casa y recibiría un regaño de su mamá.
   Nadie entendió cómo pudo ocurrir semejante crimen a esa hora; días después trabajadores de la zona dijeron que sí lo habían visto, pero que pensaron que era un indigente, borracho o drogadicto, porque lo vieron todo sucio y balbuceante.
Ahí, en la esquina del Lechugal, a las tres de la tarde, la suerte lo abandonó.
   “Golpearon al Botas”, le avisaron a su mamá por teléfono.
   - !Ay mi´jo! Y ¿qué tan lastimado lo dejaron?
   - Está muerto -le contestaron.
   Los reportes indicaban que tuvo estallamiento de vísceras a causa de los golpes.
No tardaron en dar con ellos, porque la novia del Quique le pidió que se entregara. Dijeron que nomás querían asustarlo.
   En el periódico el titular decía: “Asesinan a karateka: de nada le sirvió saber karate”.
Días después llegó la alcaldesa, supongo que en un intento de llevar agua a su molino, aunque en aquél tiempo era demasiado chica para notarlo. Juntó a las pandillas para que hicieran las paces; llegó la tele y muchas personas que no conocíamos. Ella dijo que el muerto ya estaba muerto, cuando sus amigos lo mencionaron.
   Los responsables pasaron tres años en la cárcel, menos, El Apagón, porque no se le pudo comprobar que hubiera participado; salieron libres y siguieron con sus vidas. El Chino se volvió cristiano y tiene un hijo de la edad que tenía mi amigo cuando lo mataron.
La familia del Botas se fue y el barrio fue dejando atrás la historia.
   Un tiempo algunos se referían a aquel cruce, como “el del muerto”. Yo sé que el muerto se llamaba Javier, que era mi amigo y que le decíamos El Botas.

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