EL CONVERSADOR EMBELESADO

Octavio César


La creación del universo
Dios creó el universo por accidente cuando encontró sus ojos dentro de los ojos de una mujer callada. Y lo asevero porque los astrónomos siempre están equivocados en cuanto al lenguaje pasional de los astros, y las galaxias y constelaciones, así como el incuantificable estremecimiento de cuerpos celestes que flotan en una mirada femenina son, según los cálculos de la musa árabe Aby San Rod, resultado del choque inconmensurable de pensamientos y emociones que sucede detrás de su silencio.
   Pascal lo habría reflexionado de una forma más precisa si, al contemplar la noche, él hubiera estado enamorado y su amada hubiera estado como ausente durante la medida de tiempo que transcurre entre el big-bang y la implosión del universo. De ahí que resulte necesario plantearnos nuevas tesis del asombro en torno a la mecánica cuántica del discurso feminista, pero siendo muy prudentes al estudiar los efectos de la corona solar de sus pestañas en el débil campo magnético de nuestro corazón.
   Según algunos filósofos latinos y otros inescrupulosos corredores de apuestas de lo humano, el fuego nuclear de una mujer no se crea ni se destruye: simplemente se transforma de amor a ira y de tristeza a alegría, en un salto cuántico cuyos algebristas más avezados no han logrado ecuacionar. De los míticos argonautas que se atreven a ingresar a los dominios de esa oscura materia llamada “Indiferencia Femenina”, no se sabe aún si alguno ha vuelto, o si son meras referencias de héroes mitológicos sin nombre.
   Una vez, sin embargo, en una cantina de Saturno encontré a uno que decía haber escapado de dicha antimateria, utilizando un acelerador de partículas para aislar la partícula del resentimiento con el prodigioso ardid de un poema hecho de quarks. En círculos cerúleos dibujados con su pluma Bic, el astro-poeta definía las dimensiones del orgullo de la mujer de una forma tal que parecía ser un talentoso conocedor de la psique femenina, y conservé la sucia servilleta que llevé ante un especialista en tesoros literarios.
   La traducción expresa: “Y separó al hombre de la bestia / y untó con bálsamo sus labios / y lo resucitó al tercer día / de su enésima muerte; / y él regresó de entre los locos / que pululan en las plazas / con una flor de nomeolvides / incrustada entre las cejas, / y gritaron ¡Aleluya! ¡Milagro!, / y se hizo la luz de otro poema.” Dichos versos, vistos a través del telescopio, parecen hormigas luminosas caminando por un trozo de pan; pero en realidad son colisiones estelares escapando del vacío.
   Como esos versos, que permitieron a un héroe salir ileso de la “Indiferencia Femenina”, fue la creación accidental del universo, pues se deduce que Dios debió haber puesto sus ojos en los ojos de una mujer callada, sin advertir que así iniciaba la expansión casi infinita de toda la materia. Al menos eso es lo que dice la Musa árabe Aby San Rod en una de las Páginas Escogidas del Libro de Fundaciones Míticas correspondiente al quinto grado escolar jupiteriano, donde aparecen los rotundos pechos solares de la Patria.

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